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UNOS PASOS POR LA ARENA

Jan Carlos Soria Cusihuaman

Se escuchaba los graznidos de las gaviotas que merodeaban las costas, aves que esperaban poder cazar algún crustáceo  o pez distraído para satisfacer su necesidad de hambre en las primeras horas de la mañana. En la arena, un par de huellas que trazaban el camino, y al final de ellas un hombre bastante mayor, su cabello pintado por el tiempo se tornó en un tono plateado, la piel rojiza por el sol,  unas cuantas arrugas como cordilleras y ropa ajena para la situación, demasiado abrigado para el ambiente. Llevaba en la mano una carta y en la espalda un bolso con un pequeño jarrón, se sentaba a mirar el movimiento del mar  y las especies que habitan. Por un momento cerró los ojos, respiró profundo y entendió el lugar.

Levantó la mano y miró la carta, pensaba en la forma que tenía y echaba un vistazo a la letra del autor, los trazos eran profundos,  como la técnica de un pintor obsesionado por la perfección y en la portada, una estampa que figuraba un caballo marrón, el destino del mensaje un seudónimo simple, amanecer.

El mensaje de esta misiva guardaba valor, las palabras exactas eran:

-Oh joven amigo, probablemente estas sean las últimas palabras que escuches de mí, pero  te escribo con un afán mío, sé que peleamos y que las controversias de la vida nos distanciaron, se dijeron cosas, pero te escribo para que entiendas que el silbido de un ave no rebela la esencia de su ser, solamente expresa su sentir y es que el hombre expresará sus emociones como bien salgan, tanto buenas como malas, la ira o la alegría salen del corazón, pero lo que es  esencial de verdad no está abrazado a lo vano,  lo significativo de un ser honesto esta en lo que guarda en su corazón, te traje a este lugar para que este instante, donde el valor de lo cotidiano se pierde en un baúl, y lo irreal se precisa a lo presente, tu presente.

El tiempo cura, pero no todo, a veces es mejor hablar, lamento expresar esto cuando ya no estoy entre ustedes, pero mejor tarde que nunca aunque en esta extraña situación, gracias por lo que me diste y lo que te di, ambos filósofos de la vida y a raíz de esto, nuestra contienda, pero no siempre el silbido del ave es lo esencial, pienso hoy, que fue más importante callar y escuchar, ahora te pido que me dejes volar con  el viento entre el mar, que al final, siendo polvo, entendí que lo esencial será perdonar.

El hombre dejo sus cenizas con el viento, un pequeño murmullo que liberaba la prisión del rencor, y en el rostro una lagrima que guardaban un recuerdo

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