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EL SUEÑO DE PABLO

cuento basado en los hechos de los apóstoles

Niels Malpartida Tisoc

Advertencia: 

Este relato es ficticio y no pretende explicar asuntos doctrinales; de hecho, puede haber algunos errores.

El único propósito es el de expresar y exponer la transformación que tuve en mi corazón cuando conocí al Señor, adaptándola a la historia de Pablo, en un intento mío por reconstruir sus pensamientos.

Espero que sea de bendición. 

A Dios sea toda la gloria por los siglos de los siglos. Amén. 

“Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama”. Lucas 7:47

I

La piedra era redondeada, del tamaño de un puño y tenía una marca como de una cruz; volaba en el aire muy lentamente, al menos así parecía; hasta que impactó con la frente de Esteban.

En ese momento se percibió lo veloz que iba. Salió sangre y debió de haber dolido mucho, pero no fue la primera ni la última.

Ese día llovieron muchas piedras sobre su cuerpo, pero de la boca de Esteban no salió ni una sola piedra, ni una sola maldición, ni un insulto; por el contrario, exclamó:

– Señor, no les tomes en cuenta este pecado – Y durmió.

Pero volvamos un poco en el tiempo, la piedra de la que les hablo estaba en el suelo ya hace bastante tiempo, tranquila; hasta que, ese día, la cogió el joven Pablo; fue la primera vez que apedreaba a alguien, pero no la última.

Desde entonces, su pasión fue la persecución de cristianos; tenía que callar y castigar a esos blasfemadores de la ley. Le dedicó muchas horas a este oficio pues podría haber alguien predicando en la mañana y, si se le escapaba, lo podría atrapar en la noche.

Muchos quedaron huérfanos; otros, viudos y viudas; otros, encarcelados y los que quedaban tenían miedo y lloraban mientras se escondían. Grande terror hubo aquel tiempo.

II

En una de sus campañas de persecución, mientras caminaba por una tierra árida, Pablo se postró al piso, pues se le apareció una luz tan poderosa que enceguecía, no se la podía ver de frente.

  • Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? – Dijo una voz poderosa.
  • ¿Quién eres, Señor? – Preguntó Pablo.
  • Yo soy Jesús, a quién tú persigues –
  • Señor, ¿qué quieres que yo haga? –
  • Entra en la ciudad y se te dirá lo que debes de hacer –

En ese momento Pablo fue enceguecido y la luz admirable se fue, vinieron tinieblas y oscuridad a sus ojos; Pablo nunca más vería, al menos no con esos ojos. Sus ayudantes, quienes no comprendían del todo lo que había sucedido, lo tuvieron que levantar y guiar.

Fueron a la ciudad y le consiguieron una habitación para que descansara. Pablo no entendía nada, pero el Señor lo había castigado y en su mente resonaba una y otra vez: “si a ellos persigues, a mí me persigues”.

Durmió Pablo con estas cosas en la mente y tuvo una visión.

III

Apareció en una isla, en una playa; el clima era templado, estaba amaneciendo y todo era tan limpio y calmo, era perfecto; excepto Pablo y sus ropas, éstas estaban sucias, rotas y viejas, casi que ya no cubrían su desnudez. Él mismo estaba sucio también, tenía heridas por todo el cuerpo y llagas en las manos; lo único que estaba limpio en él, eran sus ojos, pues tenía unos nuevos, pero él no lo notaba aún.

Más allá vio a un hombre parado frente a un montículo de piedras. Pablo se le acercó y vio que el hombre era alto, y estaba limpio completamente, casi que irradiaba de blanco; su rostro transmitía paz, seguridad y amor; Pablo se acordó de su padre.

  • ¿Quién eres señor? – Preguntó, desconcertado.
  • Está por suceder un milagro, yo soy el que tiene que estar aquí en este momento para acompañarte a verlo – Respondió el hombre

Pablo esperó en silencio unos minutos mientras veía el montículo; las piedras estaban manchadas con sangre y eran muchas.

  • ¿Cuánto, pues, tenemos que esperar? – Preguntó

Pablo.

  • Depende de ti – Contestó el Señor
  • ¿Qué tengo que hacer? –
  • Darte cuenta – Respondió, señalando al montículo.

Entonces Pablo entendió, aquellas eran todas las piedras que había lanzado y recordó lo que está escrito en la ley: “ojo por ojo, muerte por muerte, mal por mal”.

Miró detenidamente las piedras, no se había dado cuenta antes, pero cada una de ellas tenía un nombre escrito. Pablo recordó haber escuchado esos nombres vagamente entre gritos y llantos.

En ese momento, vinieron dolor y pánico tremendos sobre sus hombros. Como si se ahogara en un mar lleno con toda la sangre inocente derramada. Como si estuviera sólo en un tribunal de oscuridad eterna, sin nadie a su favor, nadie que le saque de ahí, sin abogado que le defienda y todos acusándole.

Se acordó de las viudas y los huérfanos, las cárceles y los gritos, la carne magullada de azotes; y todos, todos, eran cargos contra él.

Pablo se angustió y gritó, intentó levantar una de las piedras para pedirle perdón, pero era muy pesada, no pudo moverla ni un solo milímetro.

 – Tendrías que dar tu vida para levantar una sola de ellas – Dijo el Señor con voz poderosa.

Pablo entendió la situación: dado el número de piedras, merecía morir cientos de veces. Se desvaneció.

 

IV

Despertó horas más tarde, ya era mediodía y el hombre seguía ahí. Aún tenía esa sensación horrible en su corazón, pero había algo más, algo que impedía que lo derrumbara de nuevo. Pablo se echó a llorar a las piedras, nunca había llorado tanto, sólo podía decir entre sollozos: “Perdón, perdón, perdón”.

Después de que hubieron pasado varias horas llorando, se le ocurrió preguntar:

  • Señor, ¿qué puedo hacer? – – Tú, nada; lo hecho, hecho está. –
  • “¿Es que no hay esperanza?” – Pensó Pablo – “Debe de haber algo que pueda hacer, o ¿sólo me queda morir?, será mejor que muera”.
  • Señor, máteme por fav… –
  • Yo sí puedo hacer algo – Le interrumpió.
  • ¿Qué es? Hágalo por favor – Dijo Pablo mientras se arrodillaba ante Él.

Entonces ocurrió el milagro; el Señor levantó una de las piedras y la botó al mar, al fondo del mar. Pablo lloró tanto que no podía ni hablar para agradecerle. Una a una las piedras fueron lanzadas al mar para nunca más salir. Poco a poco, la sensación de oscuridad se fue yendo de sus hombros y cada vez, era más libre.

Pablo echó a llorar de nuevo, se desvaneció.

V

Despertó y ya era de noche, había una fogata que le mantuvo caliente y el hombre aún estaba sentado a su lado. Pablo se sintió como nunca antes se había sentido, Pablo sentía paz y plenitud. De alguna forma, esa sensación de oscuridad, ahora era sólo un recuerdo. 

  • Señor muchas gracias, no tengo con qué pagarte, ¿qué te puedo dar?
  • Nada; verás, yo no necesito nada –
  • ¿Entonces por qué lo hiciste? –
  • Porque así soy yo –

¿Cómo es que alguien tan poderoso, pueda hacer esto sin pedir nada a cambio? Pablo no lo entendía, sólo agradecía por todo lo que Él había hecho.

  • Señor, ¿cómo pudiste levantar todas las piedras? – Preguntó Pablo, con mucha perspicacia – ¿abrogaste la ley ese momento? o ¿eres más poderoso que la ley misma?; es decir, todo esto ¿fue gratuito?
  • No – Respondió, con mucho amor – no vine para abrogar la ley; hubo un pago, y fue tan caro como lo pudiste observar; sí, fue una copa muy dura de beber. Eres muy curioso, Pablo – Prosiguió el Señor, con una sonrisa un poco divertida pero inocente – me serás de mucha ayuda –

Era muy confortable el calor que venía de la fogata ¿o venía del Señor? Lo único seguro era que Pablo se sentía como en el cielo, por primera vez en su vida, sabía que estaba libre.

De repente vino a su mente un recuerdo, algo que le rompía el corazón.

  • Señor, no vi la primera piedra que tiré – Se acordó Pablo – La que tenía una marca de cruz.
  • La tiré antes – Respondió el Señor, lleno de paz – Me lo pidió Esteban.

Pablo lloró de nuevo.

  • De hecho, tiré muchísimas de tus piedras antes, eran casi el doble – Aclaró – me lo pidieron mis santos.

Pablo lloró.

  • Bueno, el día ya acaba – Dijo el Señor; siempre firme, pero amable en sus palabras – y tienes que descansar, tengo un favor que pedirte y éste ya fue un día muy cansado para ti.
  • ¿Tú tienes un favor que pedirme a mí? – Se sorprendió Pablo – Dímelo; lo que sea, tómalo por hecho.
  • Quiero que lleves mi nombre a las naciones – Pidió el Señor – Los detalles te los doy después.
  • ¿Yo?, pero, ¿No estoy muerto? – Dijo Pablo, pues pensaba que estaba ya muerto.
  • No – respondió el Señor – estás vivo Pablo, por primera vez, estás verdaderamente vivo.
  • Y ¿cuál es tu nombre, Señor? – Preguntó, dándose cuenta de que no sabía el nombre de su Salvador; aunque, dentro de sí, lo sospechaba.
  • Jesús – dijo el Salvador.
  • Señor Jesús, no habrá nadie en la tierra que haga esta misión mejor de lo que me propongo hacer, llevaré tu nombre a cada una de las naciones hasta lo más recóndito de la tierra.
  • Eso espero – Dijo Jesús con una sonrisa llena de amor infinito. – Nos vemos pronto.
  • No te vayas, Señor – Suplicó Pablo.
  • Nunca me iré – respondió Jesús.

VI

Pablo despertó, habían pasado tres días y estaba en la habitación en la que dormía y seguía ciego, pero sabía que no por mucho tiempo. 

Pablo oró. 

En ese momento tocaron a la puerta, hicieron entrar a un hombre.

 – Hermano Saulo – Dijo Ananías – el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. 

Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado.

Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco.

Pablo oró de nuevo.

“Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades,

y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”

Miqueas 7:19

FIN

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